martes, 29 de septiembre de 2009
La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad social
Mientras los niveles de vida y las condiciones socioeconómicas de las áreas rurales experimentan mejoras significativas siguen observándose importantes desequilibrios sociales que condicionan su sostenibilidad futura. El estudio examina, desde la cotidianidad de la vida de las poblaciones rurales, los distintos problemas que dificultan un desarrollo socialmente armónico. A partir de un amplio análisis estadístico, que incluye una encuesta representativa de la población rural española, y del análisis de entrevistas en profundidad, se han detectado tres grandes ejes que determinan la evolución de las poblaciones rurales: desequilibrios demográficos, desigualdades de género y diferencias en el acceso a la movilidad. Los desequilibrios demográficos, particularmente el envejecimiento y la masculinización del medio rural, inciden en dos de los grandes retos que se deben afrontar: la gestión de la dependencia y la igualdad entre hombres y mujeres. Por su parte, las desigualdades de género dificultan la vida productiva y reproductiva del medio rural; hacen recaer sobre las mujeres responsabilidades sin retribución y comprimen las posibilidades de realización de las mismas. Finalmente, la movilidad determina, por una parte, el asentamiento de nuevos residentes, atraídos por el mundo rural como entorno residencial, y, por otra, la vida cotidiana de las poblaciones rurales, crecientemente marcada por las posibilidades de movilidad dentro de entornos territoriales cada vez más permeables y difusos.
En términos generales, la estructura demográfica del medio rural español se caracteriza por graves desequilibrios, que se sitúan en la base de muchos de los problemas sociales que aquejan a la población rural. Estos desequilibrios tienen su origen en los episodios emigratorios de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX y han sido alimentados por otros factores como el aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Al recorrer estos procesos demográficos, encontramos que, como resultado de estos desequilibrios, hay una generación –un grupo de hombres y mujeres nacidos en la misma época– que constituye el centro de gravedad de las actuales poblaciones rurales. Un colectivo que, por su ciclo vital, se encuentra en esa etapa compleja donde las obligaciones y los compromisos de producción son tan importantes e intensos como la reproducción y la atención a los demás. Este grupo de hombres y mujeres que nacieron entre 1958 y 1977 son, por contraste, muchos en relación a los escasos contingentes de las generaciones inmediatamente anteriores y posteriores. Los mayores de 50 años son menos numerosos porque protagonizaron el éxodo rural y los menores de 30 forman un grupo reducido debido a la caída de la fecundidad. Los nacidos entre 1958 y 1977 constituyen, por tanto, el grupo mayoritario de las poblaciones rurales y tienen a su cargo a una población envejecida. Por ello se le ha denominado «generación soporte».
La masculinización rural constituye uno de los principales factores que dificultan la sostenibilidad social de las áreas rurales. Resulta especialmente acusada en aquellas edades en que las mujeres son más necesarias desde el punto de vista de su contribución a la actividad económica y a la formación de familias. La mayor emigración femenina ha tenido que ver tradicionalmente con el papel subsidiario e invisible que las mujeres desempeñan en las economías rurales de base familiar y con unos mercados de trabajo asalariado muy restringidos a nivel local. El entorno urbano ha proporcionado oportunidades más atractivas de inserción laboral y movilidad social, a las que muchas mujeres de origen rural han accedido a través de la educación. Esta situación redunda en las formas de convivencia y residencia. Pese a seguir los procesos de transformación de los hogares comunes a toda la sociedad (reducción del número de miembros del hogar y pluralidad de formas de convivencia), las poblaciones rurales presentan elementos distintivos como efecto del envejecimiento y la masculinización. Particularmente, la generación soporte presenta diferencias significativas en la formación de hogares por parte de mujeres y hombres, mostrando un preocupante panorama en el caso de los segundos, mucho más vinculados a los hogares de origen o a la vida en solitario.
El envejecimiento, común a las sociedades avanzadas, es particularmente elevado en el medio rural, llegando el porcentaje de mayores de 70 años al 16,4%, frente al 12,6% del conjunto de la población. El sobreenvejecimiento rural genera elevadas tasas de discapacidad. Se estima que alrededor de 750.000 habitantes rurales pueden considerarse grandes dependientes, que no tienen capacidad para valerse por sí mismos y no pueden desplazarse de forma autónoma fuera del domicilio. A esta situación, que se produce también en el ámbito urbano, se le debe añadir la gran dispersión del hábitat, de las infraestructuras y de los servicios asistenciales del entorno rural, y que provocan que el cuidado de los dependientes se gestione mayoritariamente en el ámbito doméstico y familiar, dificultando la emancipación residencial y las trayectorias laborales de la población rural, especialmente de las mujeres.
La carga de la dependencia recae fundamentalmente en la generación soporte. Aunque, en términos globales, se estima que por cada dependiente hay cuatro miembros de la generación soporte, esta relación varía según el territorito, llegando a situaciones muy adversas en el Noroeste de la Península, con dos miembros por cada dependiente. La atención de la dependencia, aunque centrada en el ámbito doméstico, no se circunscribe a éste sino que se nutre de redes de prestación de ayuda familiar ajenas al hogar. En el caso de las mujeres, la atención de la dependencia dificulta su inserción laboral, como prueba el hecho de que el 30,8% de las mujeres con dependientes se hallen inactivas, frente al 19,1% de las mujeres sin dependientes y el 2,5% de los hombres con dependientes. Además de las personas mayores, los niños también aumentan los porcentajes de dependientes del ámbito rural. Casi la mitad (el 45,6%) de los menores de 6 años están únicamente a cargo de la familia y sólo la cuarta parte (el 22,5%) van a la guardería.
Las desigualdades de género no son patrimonio rural; tampoco es cierto que sean más intensas en las áreas rurales que en las urbanas. Son sólo más visibles y sus efectos, en combinación con los desequilibrios anteriores, potencian su incidencia en la vida comunitaria. Los cambios sociales en el ámbito rural han conllevado una pluralidad de estilos de vida que, sin embargo, siguen mostrando la persistencia de desigualdades de género. En el ámbito doméstico, la práctica de la doble jornada (laboral y doméstica) por parte de las mujeres evidencia las dificultades de una conciliación entre la vida laboral y familiar equitativa. En el terreno laboral, piedra de toque de la autonomía, a través de la independencia económica, las mujeres también sufren desigualdades, que deben superar con esfuerzos redoblados, mediante estrategias de movilidad o aceptando la precarización, frente a la solidez de los modelos laborales locales centrados en los hombres.
Desde los años ochenta se viene observando la neutralización de los movimientos emigratorios en las áreas rurales y el papel cada vez más importante, en términos cuantitativos y cualitativos, de los nuevos residentes. Un 17% de los habitantes rurales llevan menos de cinco años en la localidad y en torno a un tercio ha tenido experiencias de movilidad residencial significativas a lo largo de su vida. La generación soporte incrementa su importancia demográfica con ellos y amplía su capacidad de reproducción con la formación de nuevas familias. Sin embargo, al estar plenamente integrados en los mercados laborales extralocales y tener menos lazos sociales con la localidad, no asumen en igual medida que los autóctonos las cargas de la dependencia.
En la última década, ha habido un significativo aumento (del 2,8% en 2001 al 6,7% en 2007) de la población extranjera en las áreas rurales. La causa es diversa -migraciones de retiro o de retorno conviven con migraciones económicas y de reagrupamiento familiar- y plantea un panorama heterogéneo. Mientras que los emigrantes procedentes de países de la UE-15 muestran cierta desconexión de los mercados de trabajo locales, los procedentes de fuera de la UE-15 se encuentran vinculados laboralmente al espacio rural, aunque sólo sea de forma temporal. Las consecuencias sobre el medio rural son ambivalentes, pues si por un lado estas migraciones están reforzando procesos como el de la masculinización, también pueden revitalizar el medio a través de la formación de nuevos hogares.
Si la movilidad es una nota característica de las sociedades avanzadas, en el contexto rural, su importancia resulta decisiva en la gestión de la vida cotidiana, catalizando no pocas desigualdades, especialmente en torno al acceso a la automovilidad (movilidad en vehículos privados). Por una parte, se dan importantes diferencias entre los nuevos y los viejos pobladores, que se incrementan al cruzarse con otros vectores de desigualdad como, por ejemplo, el sexo y la edad, conformando bolsas de personas inmóviles o de movilidad precaria, como algunas mujeres y los ancianos. Por otra parte, se muestra el esfuerzo que realiza la generación soporte para la sostenibilidad rural a través de la gestión de la movilidad, sobre la que se configuran multitud de tareas de atención a la dependencia. Finalmente, la movilidad desempeña un papel estratégico en el arraigo de numerosos grupos rurales, como los jóvenes, las mujeres, los profesionales, etcétera. De este modo, la movilidad permite superar algunos de los escollos que presentan los mercados de trabajo locales, como las relaciones de trabajo subordinadas, la dependencia de empleadores locales y las limitadas posibilidades de autoempleo.
Vía redr
En términos generales, la estructura demográfica del medio rural español se caracteriza por graves desequilibrios, que se sitúan en la base de muchos de los problemas sociales que aquejan a la población rural. Estos desequilibrios tienen su origen en los episodios emigratorios de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX y han sido alimentados por otros factores como el aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Al recorrer estos procesos demográficos, encontramos que, como resultado de estos desequilibrios, hay una generación –un grupo de hombres y mujeres nacidos en la misma época– que constituye el centro de gravedad de las actuales poblaciones rurales. Un colectivo que, por su ciclo vital, se encuentra en esa etapa compleja donde las obligaciones y los compromisos de producción son tan importantes e intensos como la reproducción y la atención a los demás. Este grupo de hombres y mujeres que nacieron entre 1958 y 1977 son, por contraste, muchos en relación a los escasos contingentes de las generaciones inmediatamente anteriores y posteriores. Los mayores de 50 años son menos numerosos porque protagonizaron el éxodo rural y los menores de 30 forman un grupo reducido debido a la caída de la fecundidad. Los nacidos entre 1958 y 1977 constituyen, por tanto, el grupo mayoritario de las poblaciones rurales y tienen a su cargo a una población envejecida. Por ello se le ha denominado «generación soporte».
La masculinización rural constituye uno de los principales factores que dificultan la sostenibilidad social de las áreas rurales. Resulta especialmente acusada en aquellas edades en que las mujeres son más necesarias desde el punto de vista de su contribución a la actividad económica y a la formación de familias. La mayor emigración femenina ha tenido que ver tradicionalmente con el papel subsidiario e invisible que las mujeres desempeñan en las economías rurales de base familiar y con unos mercados de trabajo asalariado muy restringidos a nivel local. El entorno urbano ha proporcionado oportunidades más atractivas de inserción laboral y movilidad social, a las que muchas mujeres de origen rural han accedido a través de la educación. Esta situación redunda en las formas de convivencia y residencia. Pese a seguir los procesos de transformación de los hogares comunes a toda la sociedad (reducción del número de miembros del hogar y pluralidad de formas de convivencia), las poblaciones rurales presentan elementos distintivos como efecto del envejecimiento y la masculinización. Particularmente, la generación soporte presenta diferencias significativas en la formación de hogares por parte de mujeres y hombres, mostrando un preocupante panorama en el caso de los segundos, mucho más vinculados a los hogares de origen o a la vida en solitario.
El envejecimiento, común a las sociedades avanzadas, es particularmente elevado en el medio rural, llegando el porcentaje de mayores de 70 años al 16,4%, frente al 12,6% del conjunto de la población. El sobreenvejecimiento rural genera elevadas tasas de discapacidad. Se estima que alrededor de 750.000 habitantes rurales pueden considerarse grandes dependientes, que no tienen capacidad para valerse por sí mismos y no pueden desplazarse de forma autónoma fuera del domicilio. A esta situación, que se produce también en el ámbito urbano, se le debe añadir la gran dispersión del hábitat, de las infraestructuras y de los servicios asistenciales del entorno rural, y que provocan que el cuidado de los dependientes se gestione mayoritariamente en el ámbito doméstico y familiar, dificultando la emancipación residencial y las trayectorias laborales de la población rural, especialmente de las mujeres.
La carga de la dependencia recae fundamentalmente en la generación soporte. Aunque, en términos globales, se estima que por cada dependiente hay cuatro miembros de la generación soporte, esta relación varía según el territorito, llegando a situaciones muy adversas en el Noroeste de la Península, con dos miembros por cada dependiente. La atención de la dependencia, aunque centrada en el ámbito doméstico, no se circunscribe a éste sino que se nutre de redes de prestación de ayuda familiar ajenas al hogar. En el caso de las mujeres, la atención de la dependencia dificulta su inserción laboral, como prueba el hecho de que el 30,8% de las mujeres con dependientes se hallen inactivas, frente al 19,1% de las mujeres sin dependientes y el 2,5% de los hombres con dependientes. Además de las personas mayores, los niños también aumentan los porcentajes de dependientes del ámbito rural. Casi la mitad (el 45,6%) de los menores de 6 años están únicamente a cargo de la familia y sólo la cuarta parte (el 22,5%) van a la guardería.
Las desigualdades de género no son patrimonio rural; tampoco es cierto que sean más intensas en las áreas rurales que en las urbanas. Son sólo más visibles y sus efectos, en combinación con los desequilibrios anteriores, potencian su incidencia en la vida comunitaria. Los cambios sociales en el ámbito rural han conllevado una pluralidad de estilos de vida que, sin embargo, siguen mostrando la persistencia de desigualdades de género. En el ámbito doméstico, la práctica de la doble jornada (laboral y doméstica) por parte de las mujeres evidencia las dificultades de una conciliación entre la vida laboral y familiar equitativa. En el terreno laboral, piedra de toque de la autonomía, a través de la independencia económica, las mujeres también sufren desigualdades, que deben superar con esfuerzos redoblados, mediante estrategias de movilidad o aceptando la precarización, frente a la solidez de los modelos laborales locales centrados en los hombres.
Desde los años ochenta se viene observando la neutralización de los movimientos emigratorios en las áreas rurales y el papel cada vez más importante, en términos cuantitativos y cualitativos, de los nuevos residentes. Un 17% de los habitantes rurales llevan menos de cinco años en la localidad y en torno a un tercio ha tenido experiencias de movilidad residencial significativas a lo largo de su vida. La generación soporte incrementa su importancia demográfica con ellos y amplía su capacidad de reproducción con la formación de nuevas familias. Sin embargo, al estar plenamente integrados en los mercados laborales extralocales y tener menos lazos sociales con la localidad, no asumen en igual medida que los autóctonos las cargas de la dependencia.
En la última década, ha habido un significativo aumento (del 2,8% en 2001 al 6,7% en 2007) de la población extranjera en las áreas rurales. La causa es diversa -migraciones de retiro o de retorno conviven con migraciones económicas y de reagrupamiento familiar- y plantea un panorama heterogéneo. Mientras que los emigrantes procedentes de países de la UE-15 muestran cierta desconexión de los mercados de trabajo locales, los procedentes de fuera de la UE-15 se encuentran vinculados laboralmente al espacio rural, aunque sólo sea de forma temporal. Las consecuencias sobre el medio rural son ambivalentes, pues si por un lado estas migraciones están reforzando procesos como el de la masculinización, también pueden revitalizar el medio a través de la formación de nuevos hogares.
Si la movilidad es una nota característica de las sociedades avanzadas, en el contexto rural, su importancia resulta decisiva en la gestión de la vida cotidiana, catalizando no pocas desigualdades, especialmente en torno al acceso a la automovilidad (movilidad en vehículos privados). Por una parte, se dan importantes diferencias entre los nuevos y los viejos pobladores, que se incrementan al cruzarse con otros vectores de desigualdad como, por ejemplo, el sexo y la edad, conformando bolsas de personas inmóviles o de movilidad precaria, como algunas mujeres y los ancianos. Por otra parte, se muestra el esfuerzo que realiza la generación soporte para la sostenibilidad rural a través de la gestión de la movilidad, sobre la que se configuran multitud de tareas de atención a la dependencia. Finalmente, la movilidad desempeña un papel estratégico en el arraigo de numerosos grupos rurales, como los jóvenes, las mujeres, los profesionales, etcétera. De este modo, la movilidad permite superar algunos de los escollos que presentan los mercados de trabajo locales, como las relaciones de trabajo subordinadas, la dependencia de empleadores locales y las limitadas posibilidades de autoempleo.
Vía redr
martes, 8 de septiembre de 2009
Publicación: El nuevo sistema agroalimentario. El reto para el cooperativismo agrario andaluz
El Servicio de Estudios de la Fundación Cajamar acaba de presentar un librito sobre el sistema agroalimentario y los retos del mismo para con las cooperativas agrarias.
El enlace es este
Salu2
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Salu2
martes, 25 de agosto de 2009
Asaga aspira a que el 50% del consumo de alimentos proceda de producción local
El presidente de la asociación de agricultores y ganaderos de Canarias (ASAGA), Henry Sicilia, considera que si se activan todos los mecanismos adecuados y existe voluntad por parte de la Administración, en un plazo de cuatro o cinco años, lo que en estos momentos apenas representa el 9% podría llegar al 50%.
Ver todo el artículo aquí. Salu2
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Un geógrafo propone crear bancos de tierra en Ibiza
El joven geógrafo ibicenco Jordi Saleski, que ha analizado la evolución del sector agrario en la isla, acaba de lanzar una propuesta para reactivar el sector agrario: la creación de bancos de tierra. Se trata de una fórmula que permitiría a los propietarios de fincas abandonadas ceder terreno agrícola a precio asequible a aquellos jóvenes que trabajarían de agricultores pero que carecen de suelo para hacerlo.
Salewski acaba de participar el pasado 17 de agosto en un curso de verano de la Universitat de Girona que se ha impartido en Prada de Conflent (en territorio francés), para analizar el agroterritorio en las tierras de lengua catalana. La jornada llevaba como título genérico ´Els espais agraris als Països Catalans: agonia o esperança´. El especialista ibicenco acudió a esta cita como miembro del Institut d´Estudis Eivissencs y fue el único representante de Balears en la jornada. Participaron también geógrafos y técnicos agrícolas de Girona, Perpinyà o Valencia.
«El mensaje que podemos extraer de estas jornadas es positivo. La agricultura no está acabada, sino que tiene futuro», expresó Salewski tras su regreso de Prada. Un mensaje positivo en el que coincidieron organizadores y ponentes. «La agricultura es un sector estratégico, forma parte de nuestro paisaje y también de nuestra cultura y de nuestra sociedad. Por esto tenemos que cuidarla. No podemos limitarnos a lamentarnos sobre lo mal que está, sin aportar nada, como suele ocurrir con frecuencia», comenta este experto.
Salewski explica que en su intervención hizo una perspectiva histórica sobre lo que ha representado el sector primario a lo largo de los tiempos en la economía insular y la situación en la que ha desembocado en la actualidad. Un sector que persiste a pesar de su escaso peso en un lugar en cuya imagen internacional no cabe la agricultura.
Problemas comunes
El geógrafo señala que este sector tiene sus peculiaridades en cada territorio, pero todos ellos comparten problemas, por lo que algunas medidas que se implanten en un lugar pueden tener también validez en otros.
Uno de los problemas que tiene actualmente el campo es que faltan payeses. El sector está cada vez más envejecido y las bajas que dejan los mayores al jubilarse no las cubren los jóvenes. Es decir, que en una sociedad marcada cada vez más por la crisis económica, donde el paro no deja de aumentar, en el campo faltan trabajadores.
Salewski asegura que él conoce a jóvenes que estarían dispuestos a trabajar en el campo, pero no pueden hacerlo por falta de tierras. Al mismo tiempo, hay muchas fincas que dejaron de cultivarse porque en un momento dado dejaron de ser rentables y hoy están abandonadas.
«Aquí debería intervenir la administración responsable –comenta– , con el fin de poner en contacto a aquellos jóvenes dispuestos a trabajar el campo con los dueños de tierras que acepten alquilarlas a precios módicos para que sean cultivadas. Lo que se propone es un banco de tierras, una iniciativa que funciona en otros lugares». Sería una forma de promover el trabajo en el sector primario.
Salewski presentó una ponencia en positivo, dado que él considera que el campo tiene futuro, aunque para ello es preciso aprovechar las oportunidades que se le brinden. El geógrafo ve oportunidades en la práctica de la agricultura ecológica y la permacultura, modalidades perfectamente adaptables a las explotaciones agrarias familiares de la isla.
También cree este geógrafo que el futuro de la agricultura y el de la economía de la isla en general pasa por aprovechar el gran potencial del turismo como consumidor de productos autóctonos. Una posibilidad que desde su punto de vista, no está suficientemente aprovechada.
Visto en diariodeibiza.es
Salewski acaba de participar el pasado 17 de agosto en un curso de verano de la Universitat de Girona que se ha impartido en Prada de Conflent (en territorio francés), para analizar el agroterritorio en las tierras de lengua catalana. La jornada llevaba como título genérico ´Els espais agraris als Països Catalans: agonia o esperança´. El especialista ibicenco acudió a esta cita como miembro del Institut d´Estudis Eivissencs y fue el único representante de Balears en la jornada. Participaron también geógrafos y técnicos agrícolas de Girona, Perpinyà o Valencia.
«El mensaje que podemos extraer de estas jornadas es positivo. La agricultura no está acabada, sino que tiene futuro», expresó Salewski tras su regreso de Prada. Un mensaje positivo en el que coincidieron organizadores y ponentes. «La agricultura es un sector estratégico, forma parte de nuestro paisaje y también de nuestra cultura y de nuestra sociedad. Por esto tenemos que cuidarla. No podemos limitarnos a lamentarnos sobre lo mal que está, sin aportar nada, como suele ocurrir con frecuencia», comenta este experto.
Salewski explica que en su intervención hizo una perspectiva histórica sobre lo que ha representado el sector primario a lo largo de los tiempos en la economía insular y la situación en la que ha desembocado en la actualidad. Un sector que persiste a pesar de su escaso peso en un lugar en cuya imagen internacional no cabe la agricultura.
Problemas comunes
El geógrafo señala que este sector tiene sus peculiaridades en cada territorio, pero todos ellos comparten problemas, por lo que algunas medidas que se implanten en un lugar pueden tener también validez en otros.
Uno de los problemas que tiene actualmente el campo es que faltan payeses. El sector está cada vez más envejecido y las bajas que dejan los mayores al jubilarse no las cubren los jóvenes. Es decir, que en una sociedad marcada cada vez más por la crisis económica, donde el paro no deja de aumentar, en el campo faltan trabajadores.
Salewski asegura que él conoce a jóvenes que estarían dispuestos a trabajar en el campo, pero no pueden hacerlo por falta de tierras. Al mismo tiempo, hay muchas fincas que dejaron de cultivarse porque en un momento dado dejaron de ser rentables y hoy están abandonadas.
«Aquí debería intervenir la administración responsable –comenta– , con el fin de poner en contacto a aquellos jóvenes dispuestos a trabajar el campo con los dueños de tierras que acepten alquilarlas a precios módicos para que sean cultivadas. Lo que se propone es un banco de tierras, una iniciativa que funciona en otros lugares». Sería una forma de promover el trabajo en el sector primario.
Salewski presentó una ponencia en positivo, dado que él considera que el campo tiene futuro, aunque para ello es preciso aprovechar las oportunidades que se le brinden. El geógrafo ve oportunidades en la práctica de la agricultura ecológica y la permacultura, modalidades perfectamente adaptables a las explotaciones agrarias familiares de la isla.
También cree este geógrafo que el futuro de la agricultura y el de la economía de la isla en general pasa por aprovechar el gran potencial del turismo como consumidor de productos autóctonos. Una posibilidad que desde su punto de vista, no está suficientemente aprovechada.
Visto en diariodeibiza.es
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